“En Hermano Mayor nunca participaron jóvenes con trastornos de salud mental”

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Entrevista a Sonia Cervantes

 

Sonia Cervantes (Barcelona, 1974) es una de las psicólogas más mediáticas del Estado español después de haber pasado, durante siete temporadas y un capítulo de la octava (todavía por estrenar), por el famoso programa de Cuatro Hermano Mayor. Ahora que ya se considera la ex psicóloga de este espacio, nos explica que para ella fue como una «terapia televisada» que ha servido para mostrar cómo son los hijos y las hijas de la sociedad del bienestar.

 

Escrito por: Beatriz Castillo

 

La otra etiqueta: #desequilibradamentequilibrada  

 

¿El problema de las familias que han pasado por Hermano Mayor es de educación y límites o está relacionado con los trastornos de salud mental?
Había una selección siempre, de la cual me hacía cargo yo, para descartar la patología mental. Sólo entraban aquellas personas que ¬tenían lo que denominamos trastornos del comportamiento o de tipos emocionales: cuadros de adaptación, ansiosos depresivos, narcisistas... Características de patología clínica pero no personas con trastornos mentales severos, porque considerábamos que Hermano Mayor no era el contexto adecuado para ellas.

 

¿Os pedían ayuda muchas personas con trastornos de salud mental?
Siempre que nos llegaban este tipo de personas les explicábamos que teníamos unos criterios de exclusión, entre ellos los trastornos mentales severos, y más adelante pedí añadir la adicción a las drogas, y entonces hacíamos la derivación a servicios profesionales de su zona que les pudieran ayudar.

 

¿Qué característica en común crees que tienen todas las personas jóvenes que han pasado por el programa?
Las tres siglas: TND, Trastorno Negativista Desafiante. El 99,9 % era esto, con unas características de personalidad muy comunes: inmadurez, carencia de control de impulsos, baja tolerancia a la frustración, falta de habilidades sociales y poca regulación emocional. Y a esto se sumaba, sin culpar a los padres, una educación un poco laxa y mucha falta de comunicación con la familia. Esto provoca cócteles molotov.

 

¿Siempre os ha dado resultado esta terapia televisada?
Siempre buscábamos la reconciliación familiar, y lo conseguíamos siempre al 100%. Lo que es engañar es decir que todas las familias que han pasado por Hermano Mayor están bien, esto no es verdad pero hay mucho más índice de éxito de Hermano Mayor que no en la terapia, entre el 70 % y el 80 %. Cada temporada eran doce casos, y había dos o tres que mejoraban durante una época pero volvían a cometer los errores del pasado.

 

¿Y después de Hermano Mayor qué ayuda recibían?
Lo que siempre hacíamos después era recomendar profesionales de la zona, y a los que se encontraban en Barcelona o Cataluña les hacía yo misma el seguimiento. Está claro, ellos y ellas son libres de cogerlo o no. El programa es un tipo de toma de contacto, de cons¬ciencia de que tenemos un problema y buscamos una reconciliación, pero después cada cual se lo tiene que trabajar.

 

 

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¿Por qué crees que estas familias llegaban al extremo de llamar a la televisión para pedir ayuda?
La palabra clave es desesperación, y muchas veces por ignorancia, porque con el trastorno de salud mental cuesta mucho de aceptar que mi hijo o mi hija tiene uno. Son personas que lo justificaban diciendo que eran malcriados, o que tenían un trastorno de comportamiento… Algunas familias no habían acudido nunca a ningún profesional a pedir ayuda, y esto es un problema.

 

Parece que el perfil del programa son familias desestructuradas y con pocos recursos económicos. ¿Es así?
Esto es un error, yo he estado en casas de Hermano Mayor que no podré tener en la vida. He tenido padres que estaban ganando 7.000 euros al mes, pero antes de la crisis –y esto es un factor muy importante, porque decimos que son hijos e hijas del Bienestar–, el niño o la niña tenía todo lo que quería y de repente esta familia se tiene que apañar con 400 euros, y al hijo, como no le han dicho nunca que no, esto no lo entiende.

 

¿Quién se pone en contacto con Hermano Mayor, los padres o los hijos?
Tenía un equipo de redactores, que para mí era fundamental, porque si no, no había programa. Este equipo estaba todo el día dentro de las redes sociales enviando mensajes del tipo:«Necesitas ayuda de Hermano Mayor»? Y normalmente era el adolescente quién te contactaba y te decía que estaba fatal con sus padres.


No parece que sea el hijo o la hija quien pide la ayuda cuando ves el programa.
El joven espera la ayuda que él quiere, el problema es que la ayuda que le damos no es fácil. Él quiere que Pedro lo ayude, pero que lo levante a las once de la mañana y no a las siete. Quieren ayuda, pero la ayuda que les ponemos no les gusta, porque seguramente por primera vez en la vida le vamos a poner límites, y hay esta rebeldía inicial de: ¿«Me vienes a ayudar o a molestar»?

 

El programa es como si fuera una película, porque tiene introducción, nudo y desenlace, normalmente con final feliz, ¿no?
Como espectadora de Hermano Mayor tengo que admitir que los quince primeros minutos de introducción a veces me han hecho levantar del sofá. Está bien que haya un rechazo a este tipo de comportamientos. ¿Qué pasa? Vosotros veis casi una hora de programa y tienes que comprimir unos diez días más o menos, dieciséis horas diarias, que equivale a cuatro y cinco meses de intervención, todo concentrado y personalizado. Pero lo que se ve en la televisión es el 20% de mi trabajo; el 80% era la lectura de la ficha, entrevistas previas, informes, y hacer y diseñar una terapia absolutamente individualizada.

 

¿Crees que hay tanta población joven con TDAH cómo se está diagnosticando?
Aquí tengo un dilema. Hace quince años que ejerzo mi profesión y siempre he creído que el TDAH era un trastorno más, pero en los últimos años la incidencia es brutal y casi estamos hablando de cifras epidémicas. No puede ser que, de cada diez niños que entran en mi consulta, seis o siete estén tomando Concerta y Medikinet, que son derivados anfetamínicos. Es más un problema de comportamiento. No te diría que no existe, pero sí que hay un sobrediagnóstico, y la incidencia es demasiado grande para que sea real.

 

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