(Blog) Reflejos en el cristal

reflejoJuan entró en el vagón del tren aún con las puertas semicerradas, haciendo oídos sordos a las quejas e improperios que le proferían los pocos pasajeros que descendían en aquella parada. Se dirigió rápidamente a uno de los muchos asientos libres que a aquella temprana hora abundaban en aquel tren, sabiendo que esa situación cambiaría radicalmente en un par de estaciones más, a medida que la gente llenase los vagones del convoy para acudir a sus puestos de trabajo. Pero eso carecía de todo interés para Juan. Él sólo deseaba sentarse lo más pronto posible al lado de la ventana, deseando ver de nuevo a aquella mujer que había conquistado su corazón. Y su aparición no se hizo de rogar.

Escrito por: Pedro Villena

Entre dos parpadeos fugaces, Irene apareció. Sus rostros se iluminaron. Amplias sonrisas se reflejaron en sus semblantes y las palmas de sus manos se juntaron en el cristal a modo de saludo diario. Un beso fugaz, repleto de complicidad, dio paso a la conversación. Poco tiempo había transcurrido desde que se vieron, pero a ambos les parecía una eternidad. Las preguntas, las respuestas, las risas, las anécdotas, los secretos, las confidencias, llenaron la hora siguiente, ajenos al mundo que giraba a su alrededor.

 

El tren se iba abarrotando de personas, a medida que las paradas se iban sucediendo. Algunas personas hacían ademán de sentarse en los asientos que ocupaba Juan, pero al verle hablando al aire, gesticulando conversaciones en solitario o besando los sucios cristales del tren, acababan por marcharse de aquellos asientos, convertidos en un espacio vacío, en medio de un vagón atestado de gente, cual oasis en medio de un desierto eterno.

 

Irene le recordó a Juan que la siguiente estación era la parada en la cual debía bajarse él. A regañadientes, accedió Juan a levantarse del asiento y dirigirse a la puerta para salir, no sin antes despedirse de Irene con un cálido beso y un “hasta ahora”. La gente se apartaba a su paso, algunos con gesto de repulsa, asustados o temerosos de que aquella persona les hiciese algo; la mayoría, riéndose de aquel muchacho que hablaba a un cristal, mientras crueles palabras susurradas llenaban el vagón.

 

Juan se acercó a las puertas automáticas, esperando que se abrieran para salir al andén. Un último vistazo atrás, al lugar que había ocupado, y un último saludo acompañado de una sonrisa, correspondida por Irene.

 

Las puertas se abrieron y Juan se unió a aquella marea caótica de gente en todas direcciones, buscando las salidas o los enlaces a nuevos transportes. En cuanto llegó a la calle que conducía a su trabajo, buscó con anhelo cualquier escaparate o superficie cristalina, donde poder volver a ver a Irene.

 

Y así, de cristal en cristal, avanzaba Juan por las calles, viviendo una relación que el mundo a su alrededor no entendía. En ocasiones se preguntaba si no sería verdad lo que decía su familia, y tanta gente murmuraba a sus espaldas. Quizás todo era fruto de su imaginación. Quizás Irene no existiese, tal y como aseguraban los que le conocían. Quizás Juan supiese que tenían razón. Y quizás Juan prefiriese una vida y un amor reflejado en un cristal, que una vida verdadera plena de soledad y amargura.

Quizás.

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