(Blog) Nuestra responsabilidad, nuestro futuro

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El 10 de Octubre se celebra el Día Mundial por la Salud Mental y me pregunto si es una buena excusa para analizar el estado de la misma en nuestro entorno y hacer autocrítica como sociedad y a nivel e individual. Trato de explicarme.

Escrito por: Marta Abad

Por mi propia experiencia y a través de personas de mi alrededor, sé de hechos no aislados como los que siguen:

  • Madres/padres que acompañan sus hijas al endocrino o médico internista para cuestionar a un médico que ya ha analizado los problemas de peso de su hija. Aunque se tenga que consultar a dos, tres o más facultativos la madre/el padre no cesará en su procesión hasta encontrar aquel que le dé un diagnóstico fisiológico para lo que, en todas luces, es un trastorno de la conducta alimentaria.
  • Personas pasando periodos, o más que periodos (quizás casi toda una vida), de oscuridad y que, en un ejercicio de humildad, se acercan a aquellas personas de confianza de su entorno a fin de confesar sus deseos o pensamientos de suicidio. Con el resultado de un alejamiento de aquellos que no osan o no quieren escuchar una palabra que todavía es tabú. Para quien sufre, no parece existir ninguna posibilidad de catarsis más allá del terapeuta en el caso óptimo de contar con uno.
  • Aquel chico que esconde a su pareja de años su tic personal, síntoma de un trastorno obsesivo compulsivo heredado desde la más temprana adolescencia. La excusa es no hacerla sufrir. El motivo real, posiblemente, el miedo a la incomprensión o, incluso, al rechazo.
  • La chica que ya adulta tiene ataques de ansiedad continuos que la llevan a abandonar encuentros con sus amigos, evitar situaciones y personas nuevas o, incluso, no salir de casa. Y que, cuando se muestra asustada por su propio dolor, solo se encuentra con rostros de incomprensión y desaprobación.
  • Aquel colega que se desvive por su pasión particular, lo sabe todo sobre ella hasta dejar que aquella conforme gran parte de su vida. En muchas ocasiones, no filtra lo que dicen los otros, le cuesta relacionarse, mirar los ojos... Sufrió bullying y, en muchas ocasiones, desespera en su ansia de ser “normal”.
  • Aquel supuesto amigo o amiga que siempre siempre encuentra la ocasión, como si supiera de que habla, de señalar la perversión de los fármacos para paliar o contener desórdenes psíquicos y aboga para limitar el tratamiento de los mismos a hacer ejercicio, respirar fondo o cualquier otra suerte de “remedio mágico” no haciendo sino sentir culpable a aquel quien, por prescripción y a fin de llevar una vida funcional, los tiene que tomar.

 

Posiblemente, muchas de nosotras podríamos hablar de muchas situaciones de este tipo que hemos vivido en primera persona, siendo nosotros los protagonistas o confidentes. ¿No es preocupante que, en pleno siglo XXI, todavía nos encontremos con este prejuicio, desconocimiento o, incluso, miedo hacia a las enfermedades mentales? Personalmente, me rebelo prácticamente a diario contra estos absurdos que no hacen sino distorsionar la realidad y complicar la vida de los que las sufrimos.

 

Dicho esto, ¿qué es lo que hago? Ser transparente sobre mis límites igual que, mi comportamiento, expone- o así lo quiero creer- mis virtudes y fortalezas. ¿Por qué tengo que esconderlo? ¿Lo haría si tuviera diabetes o un cáncer? No lo creo ... afortunadamente. Por lo tanto, considero que hacer pedagogía y destruir mitos en torno a las enfermedades mentales es mi deber, es más, creo que, en cierto modo, tendría que ser mi aportación por un futuro en que la “salud de la alma” forme parte de nuestras conversaciones de manera natural. Pienso que es interesante hacer una reflexión al respeto y entender qué podemos aportar cada cual de nosotros en esta gran tarea que requiere de mucho y mucho trabajo.

 

Y para finalizar, un matiz o apunte que encuentro relevante: quién sufre cualquier enfermedad sea física o psíquica así como cualquier aflicción, no necesita de pena o lástima ajena sino de escucha activa y, si posible y en manos del interlocutor, de comprensión y apoyo. Luchamos para conseguirlo, esforcémonos para ofrecerlo.

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