Ernest Hemingway, una vida llevada al límite

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Desde el punto de vista de la opinión pública era la encarnación del aventurero feliz, del escritor de éxito. En realidad era una persona insegura, frágil y autodestructiva. La depresión crónica y una psicosis incipiente acabaron con su vida. Ninguna terapia lo pudo evitar.

 

Escrito por: Oriol Gracià

 

La biografía del escritor norteamericano Ernest Miller Hemingway (1899-1961) es una narración intensa y demasiado a menudo violenta: no sólo por las guerras en las cuales participó como combatiente y corresponsal —como por ejemplo la Guerra Civil española—, sino también por el legado familiar tortuoso que arrastraba, por los deportes que practicaba, entre ellos el boxeo y la pesca en alta mar, y por los trastornos depresivos que intentaba apagar con terapias de electroshock y ríos de alcohol. Cuando todavía no había salido de la adolescencia participó como voluntario en el frente italiano de la Primera Guerra Mundial. Conducía una ambulancia cuando un explosivo estuvo a punto de matarlo (le tuvieron que sacar un centenar de pedazos de metralla de las piernas y la espalda). Sólo era el principio y ya se podía intuir una vida llevada al límite que le hizo acabar en la ruina humana, con depresión, sin ilusiones ni memoria. Tenía 62 años cuando se suicidó de un disparo en la cabeza en su residencia de Ketchum, en el estado de Idaho, en Estados Unidos.


Por su talento —premio Pulitzer de Obras de Ficción en 1953 y premio Nobel de Literatura un año más tarde—, pero también por su talante polémico y aventurero, Hemingway vivió siempre bajo la mirada pública. Por eso la desaparición de un personaje de su envergadura ocupó las portadas de los principales diarios y abrió el debate sobre las causas de su depresión. Hasta entonces, la imagen que se había forjado a su alrededor era la de un escritor de éxito, deportista, combatiente heroico, bebedor y seductor empedernido, prototipo del macho triunfante, icono de la cultura popular. Para buena parte de las personas lectoras y seguidoras, Hemingway era la encarnación del aventurero feliz a quien le gustaba imponerse retos, lanzándose con paracaídas, intercambiando puñetazos en un ring de boxeo, cazando leones y toreando bravos en alguna plaza de España. Y encima, cuando dejaba esta vida agitada, escribía cuentos y novelas muchos de los cuales acontecerían clásicos de la literatura del siglo XX.

 

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Pero su final trágico cambió la imagen que hasta entonces había proyectado a la sociedad. Y, a pesar de que al principio el círculo familiar intentó esconder la naturaleza de su muerte, la información que despacio salió a la luz a través de la prensa acabó por aclarar cualquier duda. Y es que, por su popularidad, fue inevitable que después de su suicidio su caso se viera abierto al escrutinio popular para responder dudas y preguntas. Ahora bien, hicieron falta tres años para que familiares y editoriales reconocieran abiertamente lo que ya no se podía esconder: Hemingway se había suicidado. En todo caso, su muerte puso a cuerpo descubierto y de manera amplia que su salud mental hacía tiempo que había menguado, que había sufrido una depresión profunda y se había sometido a una terapia de electroshocks, que, a parecer de algunos de los médicos más críticos de su entorno, le hizo más mal que bien.


El debate —incluso académico— sobre las causas de su muerte ha llegado hasta nuestros días. En 2006, el doctor Christopher D. Martin, del Departamento de Psiquiatría del Baylor College de Houston, en Texas, publicó Ernest Hemingway: A Psychological Autopsy of a Suicide. Un completo trabajo de investigación elaborado después de años de leer y analizar todas las biografías escritas, los libros de memorias y los testigos de personas que habían conocido a Hemingway directamente. La conclusión a la cual llegó Martin no parece realmente nueva: el premio Nobel de Literatura sufría un trastorno depresivo y psicosis incipiente. Lo interesante del ensayo estaba en la indagación de las causas de este trastorno de salud mental. Hasta entonces se acostumbraba a hablar de la presión social que sufría debido a la fama y de las malas relaciones que mantenía con el FBI, la Oficina Federal de Investigación de Estados Unidos. Martin explora otros detalles y sitúa la raíz de los trastornos de salud mental en un trauma que Hemingway sufrió de pequeño: su madre lo vestía de niña y a veces lo llamaba con el apelativo femenino de Dutch Dolly. A este hecho había que sumar otro factor clave para entender la deriva que tomó la vida de Hemingway: su padre era un hombre agresivo, que trataba con cierto desprecio a los hijos y les enseñaba desde pequeños a manejar armas de fuego. Así, la relación de Hemingway con sus progenitores fue compleja: detestó siempre a su madre, y cuando su padre se suicidó de un disparo en la cabeza, en 1928, no dudó en señalarla como culpable. La muerte de su padre fue devastadora para Hemingway porque cobraría carices de autoinmolación, con una exposición constante a peligros diversos.


A grandes rasgos se puede decir que Hemingway se encontró enzarzado en una lucha interna a lo largo de toda su vida, cargado de temores y sentimientos de culpa que le convirtieron en una persona insegura y autodestructiva que desencadenó una depresión crónica y, al final de su vida, una psicosis incipiente. A la luz de todo el que se sabe hoy, los últimos años de la vida de Hemingway son desconsoladores: sin capacidad de escribir y con brotes de paranoia cada vez más frecuentes. La excesiva exposición a los electroshocks acabó de hacer el trabajo.

 

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El electroshock: dudas y controversia
Hace más de ochenta años que se utiliza y es una de las terapias psiquiátricas más antiguas. Se calcula que se practica en casi un millón de personas en todo el mundo. Aun así, todavía genera dudas y controversia. Para algunas personas, la terapia electro convulsiva (TEC) —conocida popularmente con el nombre de electroshock— es un procedimiento vital, para otros un tratamiento salvaje e ineficaz. Varias organizaciones internacionales, como Justicia TEC o Law Project for Psychiatric Rights, denuncian que las investigaciones médicas ignoran sistemáticamente los efectos negativos de este tipo de terapia. De hecho, muchas de las personas que se oponen, después de las sesiones, han experimentado problemas con el habla, a veces también pérdida de memoria. Por el contrario, la mayor parte de instituciones médicas internacionales —entre ellas la Organización Mundial de la Salud (OMS)— ven la terapia como un tratamiento efectivo para un grupo específico de trastornos de salud mental, siempre acompañado de anestesia y relajantes. Y es que, cuando se empezó a poner en práctica en los años treinta del siglo pasado, se utilizaba para intentar paliar los efectos de la esquizofrenia y las psicosis. Ahora va destinado principalmente a tratar casos de depresión y desórdenes bipolares extremos.


Los últimos años, el simple cambio de denominación de electroshock por el de terapia electro convulsiva ha ayudado a que una parte de las personas profesionales lo acepten, aunque continúa despertando dudas y controversia, al menos en la esfera social. Hoy, en los países desarrollados, la sesión es menos agresiva que en los años treinta: dura un par de minutos y la corriente eléctrica que se utiliza equivale a la energía necesaria para encender una bombilla de 20 vatios durante dos segundos. Ahora se trabaja en el desarrollo de un marcapasos cerebral en pruebas que administra los impulsos eléctricos justos y necesarios para tratar cada trastorno de salud mental.

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