Luisa Isabel de Orleans, víctima de las excentricidades cortesanas

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Luisa Isabel de Orleans, sobrina nieta de Luis XIV de Francia, el Rey Sol, llegó a ser reina de España. Su comportamiento estrafalario escandalizó la corte de Madrid: vestía de forma extravagante, se emborrachaba y descuidaba la higiene personal y se obsesionaba con la comida y la limpieza. La falta de afectividad que había recibido de pequeña desencadenó, seguramente, lo que hoy se conoce como trastorno límite de personalidad.

 

Escrito por: Oriol Gracià

En una sola comida engulló un plato de potaje de garbanzos con guarnición y caldo, dos piezas de carne —de cuatro libras cada una—, dos huevos frescos, dos platos de asado con la correspondiente ensalada y, como colofón, cuatro variedades de dulces. No hace falta decir que el hambre desmesurado de la reina de España Luisa Isabel de Orleans (1709—1742) despertaba comentarios de todo tipo. «[…] no sé cómo no revienta, tiene tanto hambre que hasta se comería el lacre de los sobres», dejó escrito el marqués de Santa Cruz en una misiva. Pero las comidas desmesuradas eran sólo una anécdota en la larga lista de despropósitos de Luisa Isabel de Orleans. Desde el mismo día de su nacimiento fue víctima de las excentricidades cortesanas de las monarquías de Francia y España. Sufría un trastorno límite de la personalidad y, como en el caso de tantas otras patologías mentales en el siglo XVII, no fue tratada adecuadamente. La ausencia de diagnóstico y de terapia acabaría determinando su vida.

 

Una francesa en la corte española
Sobrina nieta de Luis XIV de Francia, el Rey Sol, Luisa Isabel de Orleans nació el invierno de 1709 en el Palacio de Versalles. La niña se crió en un convento cerca de París y no recibió la educación ortesana habitual. De hecho, el único interés de sus padres era casarla lo antes posible. Y no tardaron mucho en salirse con la suya: a principios de 1721, cuando solamente tenía doce años, oficializaron su matrimonio con el príncipe Luis de España, de quince años.

 

Una vez casada y ya con el título de princesa de España bajo el brazo, en el Palacio Real de Madrid la recibieron con cierta desafección, en particular su suegra. Además, su marido—alto, delgado, rubio y atractivo— era hombre de pocas palabras y eso dificultaba la comunicación en el matrimonio. Todo eso se sumó a las dificultades de adaptarse a una nueva corte y desencadenó los trastornos mentales de la princesa, que empezaron a manifestarse de manera muy explícita pocas semanas después de haverse instalado en Madrid. Primero, empezó a vestirse de forma estrafalaria. A menudo lucía camisón con transparencias fuera de la habitación y a plena luz del día a la vista de todos los que vivían en Palacio. Más tarde también empezó a beber —alcohol, por supuesto— y no era extraño ver la joven en estado de embriaguez.

 

Los primeros días, los miembros de la corte quisieron creer que el comportamiento de Luisa Isabel de Orleans era un simple capricho de niña malcriada o quizás una moda en el Palacio Real de Versalles donde había crecido. Pero a medida que pasaban las semanas la princesa manifestaba actitudes cada vez más estrafalarias, que iban acompañadas de una gran inestabilidad emocional, del abandono de la higiene personal y de un descontrol absoluto de los impulsos más primarios. Sus intervenciones en público, ante los miembros de la corte, eran vergonzosas y la situación se complicó cuando en mitad de un banquete oficial emitió sonoros rots y flatulencias que provocaron la estupefacción de los comensales y la verguenza del núcleo duro de la familia real. Pero eso no era todo: po las noches, casi sin ropa, salía del palacio y trepaba en los árboles del entorno. En otras ocasiones se obsesionaba con la limpieza y utilizaba sus vestidos de telas delicadas para limpiar suelos y paredes ante la mirada desencajada de las mujeres del servicio.

 

A principios de 1724, el rey Felipe V abdicó para dar paso a su hijo mayor, Luis I —de solamente diecisiete años—, en el cargo de monarca. Luisa Isabel de Orleans, por lo tanto, se convirtió en reina. Pero ni eso calmó sus delirios: se negaba a comer para acto seguido engullir en su habitación, y a escondidas, enormes cantidades de alimentos que después vomitaba entre lágrimas, como arrepentida. Una reacción que hoy habría sido catalogada de bulímia nerviosa. Pero los abusos no sólo se hacían notar en la comida: la reina también bebía en exceso vino, cerveza y aguardiente, substancias que todavía le alteraban más la conciencia. El personal de palacio se fue acostumbrando a verla deambular por las galerías borracha y tenían orden de vigilarla de cerca para evitar que se hiciera daño.

 

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Algunos de los psiquiatras que en el siglo XX estudiaron el comportamiento de Luisa Isabel de Orleans, como Antonio Vallejo-Nájera (1889 – 1960), asseguran que sufría un trastorno límite de personalidad com consecuencia de una falta de afectividad durante la infancia y, también, del excéntrico ambiente cortesano al cual fue sometida en los primeros años de vida. Este trastorno se desencadenó por una intolerancia a estar sola o a sentirse abandonada por las personas de su entorno más directo con las que había establecido algún vínculo emocional. Eso se constató cuando la joven soberana perdió su padre Felipe de Orleans y su trastorno se agravó.

 

El rey Luis I de España, harto de las excentricidades de su mujer, va decidió encerrarla durante una semana en una de las habitaciones del palacio. «No tengo otro remedio que encerrarla lo antes posible, porque su trastorno va en aumento», escribió en una carta dirigida a su padre Felipe V. Fue una decisión drástica que funcionó. La reina salió mucho más calmada y con sensación de culpa por todos los problemas que había causado. Los primeros días se mostró sumisa y unida a su esposo. Pero la tranquilidad duró poco. La primera quincena de agosto el rey cayó enfermo de viruela, y moriría a finales de mes por una complicación de la infección. Durante las dos semanas que duró la enfermedad, Luisa Isabel de Orleans casi no se separó de su marido. De hecho, lo cuidó tanto que acabó contagiada de la misma enfermedad aunque, en su caso, la evolución fue benigna y se curó con facilidad.

 

Ya viuda, volvió a Francia para vivir con su madre en el castillo de Vincennes, primero, y años más tarde al Palacio de Luxemburgo, ubicado también en París. La vida en tierras galas aconteció algo más tranquila y parece que este nuevo contexto atenuó los problemas mentales de Luisa Isabel de Orleans. Su existencia no sería mucho más larga: murió el 16 de junio de 1742, a los treinta y dos años, de hidropesía, una enfermedad que le provocaba retención de líquidos en los tejidos. Eso sí, a pesar de las excentricidades que en vida escandalizaron la corte de la monarquía española, nunca perdió el rango de reina de España.

 

Un problema de endogamia genética
La carencia de afectividad y la complejidad del ambiente cortesano ayudaron a desencadenar el carácter excéntrico de la reina Luisa Isabel de Orleans. Hay que decir que este tipo de trastorno —un trastorno límite de personalidad, según el psiquiatra Antonio Vallejo-Nájera— es también consecuencia de la endogamia perseverante de las familias reales europeas, que acostumbraban a establecer vínculos sanguíneos entre ellas desde hacía varias generaciones. Los trastornos ya se habían hecho notar en muchos parientes más o menos cercanos de la reina Luisa Isabel. Su abuelo materno Luis XIV, por ejemplo, sufría un perfeccionismo obsesivo y síntomas indudables de trastorno narcisista. La rama paterna —el padre, el abuelo y la abuela— también exponía un escaparate lleno de perturbaciones. Eran diversos los miembros de la familia que habían sufrido desconexión social, impulsividad, alcoholismo, depravación sexual, excentricidad, histrionismo y falta de empatía.

 

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