Dalí, el gran paranoico

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“Sólo hay una diferencia entre un loco y yo: yo no estoy loco", escribió Salvador Dalí. Más allá del hecho puramente artístico, el pintor surrealista por excelencia dejó huella por su exhibicionismo, por un comportamiento sexual inusual, por su paranoia y por sus pataletas. De hecho, es habitual que la conciencia pública relacione los trastornos de salud mental, en general, con la creatividad. Ahora bien, parece que la psiquiatría y la neurociencia ponen más de un pero. Un repaso por la psicología daliniana nos servirá de excusa para intentar sacar el intríngulis.

 

Escrito por: Oriol Gracià

 

Nació a la hora del desayuno del 2 de mayo de 1904, en Figueres. Salvador Dalí era hijo del notario Salvador Dalí, un hombre ateo, de ideas avanzadas y con buena posición económica. La madre, Felipa Domènech, era una mujer dulce, y católica practicante. El padre y la madre ejercieron una gran influencia en la vida del pequeño Dalí. Sobre él proyectaron todas las expectativas que no habían podido cumplir con su hermano. Y es que el primer hijo del matrimonio había muerto nueve meses y diez días antes debido a un resfriado infeccioso. Por todo ello, Dalí creció rodeado de caricias, consentimientos y una gran sobreprotección. Rodeado de personas que estaban a su servicio, desarrolló actitudes poco comunes. Por ejemplo, defecaba por todos los rincones de la casa con la única finalidad de llamar la atención. Y el problema es que nunca recibió ningún tipo de reprimenda. Esto le hizo sentir centro del universo y con el tiempo adquirió un carácter narcisista. Además, las comparaciones constantes con su hermano muerto le obligaron a hacer un esfuerzo extra para sentirse vivo, original y auténtico. Esto contribuyó, todavía más, a poner de relieve sus actitudes exhibicionistas, ridículas y extravagantes.

 

Ya de pequeño empezó a demostrar pasión por la pintura. En la vertiente artística, su padre siempre le apoyó. Empezó los estudios en la escuela de Bellas artes de Madrid, ciudad donde conoció el poeta y dramaturgo andaluz Federico García Lorca y también, entre otros, el director de cine Luis Buñuel. Pero su vida en la capital española fue más bien errática: se enfrentó al profesorado de la academia –él, que era alumno, los declaró incompetentes– y fue expulsado temporalmente.

 

Cuando tan sólo tenía veintiún años organizó su primera exposición de cuadros en Cadaqués. Y poco después, el 1926, viajó a París por primera vez. Allí conoció el pintor malagueño Pablo Picasso. Más adelante también entablaría amistad con André Breton, escritor francés, conocido por el hecho de ser el principal impulsor del movimiento surrealista, un movimiento que abogaba por la liberación de la mente, enfatizando las facultades imaginativas y el estímulo del inconsciente. Dalí se convertiría en uno de los abanderados en la vertiente pictórica, con cuadros en los que interpretaba fenómenos delirantes. En esta época conoce a Gala Éluard, quien con los años se convirtió en su musa y mujer.

 

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El 1935, Salvador Dalí decide instalarse en Francia y adquiere notoriedad entre los círculos artísticos. Es el periodo en el cual se autodenomina “un gran paranoico”, unas palabras que a la vez son el nombre de uno de sus cuadros más inquietantes: una pintura al aceite, surrealista, en la cual proyecta varias escenas imaginarias y obsesivas de la infancia. De hecho, las tendencias paranoides son la clave para poder entender buena parte del simbolismo que impregna toda su obra.

 

El juego surrealista con el subconsciente le despertó el interés para conocer Sigmund Freud, el psicoanalista más famoso del momento. Después de unos cuantos intentos fracasados—viajó a Viena para conocerlo en varias ocasiones—, consiguió encontrarse con él el 19 de julio de 1938 en Londres. El encuentro no fue del todo satisfactorio: “Contrariamente a mis esperanzas, hablamos poco, pero nos devorábamos mutuamente con la mirada. Freud sabía poco de mí, fuera de mi pintura, que admiraba, pero de repente sentí el gusto de aparecer a sus ojos como una especie de dandy del intelectualismo universal. Más adelante, supe que el efecto fue exactamente el contrario”, escribe Salvador Dalí en sus memorias. Y continúa: “Antes de marchar quería darle una revista donde figuraba un artículo mío sobre la paranoia. Abrí, pues, la revista, por la página de mi texto y le rogué que lo leyera. […] Freud continuó mirándome fijamente sin cesar atención a mi revista. […] Le expliqué que no se trataba de una diversión surrealista, sino que era realmente un artículo ambiciosamente científico. […] Ante su impertorbable indiferencia, mi voz se hizo involuntariamente más aguda y más aguda. […]”. La versión de Sigmund Freud sobre la reunión fue más corta: “Nunca había conocido a un prototipo tan perfecto de español. ¡Que fanático!”.

 

El 1960, un equipo médico le diagnosticó un brote de esquizofrenia paranoide. Esto obligó a ingresarlo unos meses en un centro médico. Desde el punto de vista artístico, aquel estado mental quizás jugó en su favor. Y es que en lugar de soltarse pasivamente, llevado por los dictados de su psique inconsciente, Dalí pudo dominar las obsesiones y las proyecciones irracionales gracias a la luz crítica y sistemática de la razón. Al menos esto es lo que él decía. “Debo de ser el único de mi especie que ha dominado y ha transformado en potencia creadora, en gloria y en gozo, una enfermedad mental tan grave”, dijo. Vivió en los Estados Unidos y en Francia. A primeros de los ochenta volvió definitivamente en España. El 23 de enero de 1989, Dalí murió en el hospital de Figueres, poco después de las diez de la mañana, a los 89 años

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¿Qué relación hay entre el arte y los trastornos de salud mental?
A finales de los años ochenta y principio de los noventa, los trabajos de los psicólogos Redfield Jamison, Nancy Andreasen y Arnold Ludwig aseguraban que había una relación directa entre los trastornos de salud mental y la creatividad. Pero los últimos estudios en neurociencia lo ponen en entredicho y desautorizan la metodología, el tipo de muestras y la objetividad de muchos de los trabajos de investigación que se han hecho hasta el momento. El psiquiatra y genetista Simon Kyaga, del Karolinska Institutet de Solna (Suecia), ha abordado la relación entre creatividad y trastornos de salud mental a través de un estudio elaborado durante más de cuarenta años y que incluye una muestra de más de un millón de personas suecas.

 

La conclusión es drástica: los artistas no son más proclives a sufrir trastornos de salud mental. Eso sí, con una sola excepción: entre las personas que sufren trastorno bipolar, el número de artistas aumenta, aunque sea un irrisorio 8%. Del estudio, se deriva una conclusión inesperada: las artistas suelen tener, en una proporción significativa, más de un familiar de primer grado con trastornos mentales, tales como la esquizofrenia, la bipolaridad o la anorexia nerviosa. Podría ser, por lo tanto, ¿que la familia heredara una versión suavizada del trastorno mental y que al mismo tiempo evitara los aspectos debilitantes? Esta es una de las hipótesis en las cuales trabaja Scott Kaufman, investigador de la Universidad de Pensilvania, y que fue publicada en un artículo de Scientific American el octubre de ahora hace tres años. Se abren, pues, nuevos caminos, pero harán falta más estudios para acabar de extraer conclusiones.

 

Comentarios   

0 #3 Fundació Joia 11-06-2020 09:36
Cito a Claudia:
Hola, ¿podría poner los artículos de referencia que menciona al final? Me interesa revisarlos, gracias.


Claudia, el artículo completo en inglés lo puedes consultar aquí: https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0022395612002804?via%3Dihub
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0 #2 Claudia 17-05-2020 17:50
Hola, ¿podría poner los artículos de referencia que menciona al final? Me interesa revisarlos, gracias.
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-1 #1 Lida Prypchan 10-11-2019 01:12
Maravilloso
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