Immanuel Kant, el filósofo que combatía su hipocondría con el orden extremo

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En su obra filosófica, Immanuel Kant (1724-1804) defendió una concepción cosmopolita y universalista de la razón. Un pensamiento que cultivó desde su ciudad natal de Königsberg (Prusia), de donde casi nunca salió. Era hipocondríaco, y esto lo llevó a vivir obsesionado con los horarios y las rutinas, cosa que le hizo tener miedo de abandonar su espacio de confort.

 

Escrito por: Oriol Gracià

El filósofo prusiano Immanuel Kant no sabía vivir sin un orden preciso. Por eso llevaba sus rutinas vitales al extremo. Se despertaba a las cinco de la mañana, bebía un té, fumaba una pipa y, durante dos horas, se ponía a preparar las clases que tenía que impartir aquel día. Hasta las once estaba en la universidad, y hacia la una hacía su única comida fuerte de la jornada en alguna taberna del centro de Königsberg, su ciudad natal (la actual ciudad de Kaliningrado, un enclave ruso situado entre Polonia y Lituania, al lado del mar Báltico). A las dos y media salía a pasear y a el acabar escribía hasta las siete, la hora de cena. A las diez, después de haber leído un rato, se iba a dormir.

 

Estos hábitos disciplinados y rígidos le servían para atenuar los efectos del trastorno que lo acompañaría toda la vida: la hipocondría. Su obsesión llegaba a tal punto que consultaba compulsivamente el termómetro, el barómetro y otros tipos de aparatos antes de salir a la calle, para asegurarse que la meteorología no alteraría sus dinámicas. La aversión por el cambio desencadenó en él rutinas inflexibles. Incluso rechazó algunas ofertas de trabajo en otras ciudades de Europa central como Jena (Turingia) o Erlangen (Baviera). Eso sí, vivió durante tres años en Arnsberg, ciudad situada a unos 110 kilómetros al suroeste de Königsberg. También visitó en alguna ocasión un amigo en Goldapp (en la actual Polonia), a unos 120 kilómetros de la frontera con Prusia. Pero no fue más allá, porque en el resto de sus viajes se mantuvo en un radio de unos cuarenta kilómetros alrededor de su ciudad natal. De hecho, por no ir, no iba ni a tomar el aire del Báltico, que tenía solo a dos horas de casa. Sentía que cualquier cambio le podía afectar la salud y restarle fuerzas para su obra, y además no quería alejarse de su círculo de amistades. En Königsberg tenía todo lo que quería. El año 1778, en una conversación con uno de sus discípulos, lo dejó muy claro: "Cualquier cambio me hace aprensivo, aunque me ofrezca una gran promesa de mejorar mi estado". "Vivió una existencia mecánicamente organizada, casi abstracta, sin casarse nunca, en un callejón tranquilo y apartado", diría de él el poeta alemán Heinrich Heine. Esto no le restó vida social.

 

El año 1770 empezó a impartir clases de lógica y metafísica a la Universidad de Königsberg. Kant era brillante en la didáctica y atraía los estudiantes por sus ideas propias y muy informadas sobre la reciente filosofía inglesa y de Jean-Jacques Rousseau. Compaginaba la actividad académica con una intensa actividad social. La ocupación rusa de Prusia (1758-1762) había llevado prosperidad y una vida más libre a la cual supo acomodarse, también en cuanto a costumbres y vestimenta (Kant fue siempre elegantemente vestido). El astrónomo suizo Johann Bernoulli lo explicaba así: "Es un hombre tan vivaz y cortés en el trato, y con una forma de vida tan refinada, que uno no sospecharía en él tan fácilmente el espíritu profundamente indagador". El escritor alemán Friedrich von Lupin lo definió como "un magnífico conversador" y un anfitrión apacible capaz de disfrutar la comida "con gran fruición".

 

Immanuel Kant 02Casa de Kant en Königsberg

 

La razón y el hombre como sujeto activo
Cuando nació, lo bautizaron con el nombre de Emanuel porque era el santo del 22 de abril según el viejo almanaque prusiano, un nombre del cual se sentía orgulloso por el significado: 'Dios está con él'. Después, ya adulto, lo modificó por el de Immanuel porque era más fiel al original hebreo. Kant fue el cuarto de los nueve hijos de una familia humilde y religiosa marcada por los principios del pietismo, una derivación del protestantismo que abogaba por la experiencia íntima de la fe y la disciplina. Esta introspección del alma, muy presente en su educación —no solo en casa, sino también en la escuela—, marcó su pensamiento.

 

De hecho, Immanuel Kant se encuentra entre los filósofos más celebrados, leídos, estudiados y discutidos todavía hoy en día. Así, su influencia se hace notar en muchos ámbitos de la reflexión contemporánea, en la metafísica, la moral y la estética y en la reflexión sobre el derecho, la historia y la religión, entre muchos otros. Su pensamiento se sintetiza en Crítica de la razón pura, un volumen de ochocientas páginas que maduró durante más de una década, a pesar de que lo escribió en solo seis meses. La obra se editó el 1781 y aborda las capacidades de la razón humana, los límites y las posibilidades del conocimiento humano. Al principio tuvo poca repercusión, quizás porque analizaba aspectos que en la época se consideraban negativos y escandalosos, como el que sugiere que cualquier intento de probar hechos como la existencia de Dios o la inmortalidad del alma está condenado al fracaso.

 

A muchos pensadores de la época también los costó asimilar el llamado "giro copernicano" de la filosofía de Kant. El autor defendía que para llegar a el conocimiento universal y necesario hay que hacer un giro como el que hizo Copérnico en astronomía: si para explicar los movimientos celestes entendió que era mejor partir del supuesto que era el espectador quien giraba, de manera parecida Kant llega a la conclusión que solo podemos tener un verdadero conocimiento de las cosas si el objeto depende de el pensamiento para ser conocido, y no al revés. Por tanto, el hombre como sujeto tendrá un lugar central y será protagonista de todas las corrientes filosóficas que vendrán después.

 

La leyenda de un cerebro sobrenatural
Con los años, la falta de memoria y de agilidad mental y física acabaron deteriorando el estado físico y mental de Immanuel Kant. Consciente de esto, hacia el final del siglo XVIII se fue retirando progresivamente de la vida académica y social. La situación agravó su hipocondría: las fobias y sus hábitos inflexibles se convirtieron en verdaderas obsesiones maniáticas, enfermizas, extravagantes. Sus días se llenaron de miedos, y las noches, de pesadillas en los cuales se sentía atacado. Murió el mes de febrero de 1804, poco antes de cumplir ochenta años. Su entierro fue un gran acontecimiento para la tranquila ciudad de Königsberg, donde había pasado casi toda la suya vida. Años más tarde, sus restos fueron exhumadas para trasladarlas desde el punto original de la catedral donde había su tumba hasta una capilla aneja. Entonces, médicos especialistas y forenses aprovecharon la ocasión para mesurar un cráneo más grande del habitual y, así, continuar alimentando la leyenda según la cual Kant tenía un cerebro sobrenatural.

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