El impacto de la Covid-19 en la salud mental

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Desde el punto de vista psicológico, la cuarentena por el covid-19 ha significado una provocación intelectual. Hemos tenido que procesar una gran cantidad de información, mucha de la cual contradictoria, en poco tiempo, y esto ha complicado la estabilidad del circuito "pensamiento-emoción-conducta".

Escrito por: Raquel Ferrari, psicoanalista
rferrari.wordpress.com

¿Cómo funciona este circuito? A partir de un dato o emoción, una idea que surge activa emociones que derivan en una conducta "de ataque o fuga": o bien enfrentamos, o bien evitamos vivir este momento. El circuito puede también ser resultado de emociones vinculadas a vivir algún acontecimiento que desencadena pensamientos y recuerdos, o la respuesta en un acontecimiento los resultados del cual nos generan una creencia asociada a una emoción.

 

Si pensamos en cualquier acontecimiento potencialmente traumático, no importa tanto de qué se trate como la forma en que lo interpretamos y actuamos. En este sentido, podemos esperar algunas respuestas emocionales asociadas a la fatiga mental que la cuarentena global ha impuesto: hemos tenido que procesar rápidamente mucha información en muy poco tiempo, ajustarnos a nuevas rutinas y enfrentarnos a los nuestros miedos respecto a algunas paradojas muy disfuncionales, como el enfrentamiento entre el derecho en la vida y el derecho a la comida.

 

Y todo esto en un contexto personal que seguramente ha activado recuerdos, creencias y mecanismos de defensa, pero esta vez aquello subjetivo ha tenido que encajar en aquello colectivo y todas las alarmas se han disparado.

 

Las emociones predominantes que se han identificado son el miedo, la ira, la ansiedad y el pánico. Por eso, algunas rutinas como mantener horarios, hacer actividad física, reducir el exceso de información y mantener la comunicación con personas significativas han incidido de forma positiva en la percepción de bienestar. Ya están apareciendo síntomas de estrés postraumático en casi el 96% de las personas pacientes de covid-19. Hablamos de un coste enorme, mesurado en pérdidas, miedo, tristeza y pena detrás el número de muertes y las estadísticas de contagio. Entre los grupos de riesgo más vulnerables se encuentran personas adultas mayores, niños y adolescentes, gente que ha perdido su ocupación y personas que tienen antecedentes de trastornos psiquiátricos y abuso de sustancias.

 

Otro colectivo es el de las personas profesionales de la salud, que muestran elevados niveles de ansiedad y depresión, trastornos del sueño y una sensación de estar siempre en guardia. Estos síntomas a veces desaparecen, pero en otros casos evolucionan hacia pensamientos e imágenes intrusivas, y en el peor escenario se puede dar una desconexión que puede durar años. ¿Cómo ayudarlas? En un primer momento estaría bueno poderles brindar espacios seguros de encuentro para compartir sentimientos, experiencias e ideas; se trata más de contención que de psicoterapia.

 

En cuanto al resto de la comunidad, atravesamos un proceso largo que involucra la desaparición de todo tipo de certezas cognitivas. Nuestros niveles de labilidad emocional han crecido y lo continuarán haciendo, nuestras estrategias de defensa fallarán tarde o temprano, y aceptarlo es parte de la solución. Esto supone permitirnos la tristeza, el mal humor y una cuota "saludable" de desesperanza. 

 

Cuando observamos los discursos durante el confinamiento, notamos que uno de los conceptos que rápidamente se ha instalado es el de "nueva normalidad", que más o menos parece significar que, una vez que conseguimos contener la pandemia, la mayoría volveremos a ser las personas que éramos, pero como sociedad consensuaremos cambios de hábitos que serán mejores, más éticos y más seguros para la supervivencia de la especie.

 

Los meses (y años) que vienen estarán llenos de situaciones nuevas y continuaremos enfrentándonos con escenarios desalentadores para los cuales no estamos preparados. Pero también habrá la posibilidad de entrenar la creatividad, la innovación, el pensamiento complejo, la manera de tomar decisiones, los nuevos hábitos saludables, la sostenibilidad, el cambio de prioridades, el valor del otro, el ejercicio de una nueva manera de escuchar los gobernantes y también la pareja, los hijos y las hijas y los y las colegas y los compañeros y las compañeras de trabajo, además de, por supuesto, escucharnos a nosotros mismos.

 

Todo ello será un desafío que tendremos que pasar por el escáner de los pensamientos y las emociones para decidir como actuar en este nuevo diseño de nuestro proyecto personal. Una estrategia para conjurar el miedo al desconocido es ordenar los pensamientos empezando por la idea que construiremos una nueva normalidad. Así, a pesar de los enormes desafíos que enfrentamos como a individuos y como comunidades locales y globales, nos será más fácil entender que estamos construyendo un futuro.

 

Es una enorme oportunidad evolutiva desde cada proyecto personal, y lo tendremos que pulir para dejar atrás ideas, prejuicios y objetivos, ejercitando sentimientos como la esperanza y la confianza como escudo frente al miedo, pero también desde cada proyecto comunitario y regional, para abandonar modelos caducos de gestión que en esta crisis han posado de manifiesto su vacuidad ideológica y moral.

 

En términos humanísticos no es otra cosa que recordar que existe una enorme distancia entre la persona que está preparada para superar una situación adversa y la que no lo consigue; y es que la primera es alguien que decide, que elige ser una cosa u otra, a pesar de las condiciones que le toca vivir.

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