Marilyn Monroe, derrotada por el mito

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Ha pasado a la historia como una de las actrices más icónicas de Hollywood. Pero detrás de sus ojos vivos y brillantes y de la voz sensual, se escondía una mujer muy compleja y con graves carencias emocionales. El éxito mal gestionado derivó en la depresión y la enfermedad.

 

Escrito por: Oriol Gracià

Norma Jeane Mortenson creció muy lejos del glamur que acabaría eclipsando su vida adulta. Nació el 1 de junio de 1926 en Los Ángeles. Era hija de madre soltera, de clase media-baja y se crio en un ambiente religioso —de disciplina severa— y en un contexto familiar complejo por la esquizofrenia que sufría su madre: por los problemas emocionales de su madre, fue dada en adopción de manera intermitente. Con solo dieciséis años se casó con James E. Dougherty, irlandés cinco años más mayor que ella, trabajador de una fábrica de aviones. Y acababa de contraer matrimonio cuando los Estados Unidos se sumaron a las fuerzas aliadas de la Segunda Guerra Mundial, y como pasa casi en todos los conflictos, los hombres jóvenes fueron reclutados para luchar en el frente (su marido se incorporó a las fuerzas navales), y muchas mujeres se ocuparon de mantener vivas las fábricas, especialmente las vinculadas a la industria militar. De hecho, Norma Jeane firmó uno de los primeros contratos laborales en una fábrica de paracaídas para el ejército.

Su historia dio un giro cuando Henrik Manukyan, fotógrafo de la armada, acudió a la fábrica para hacer un reportaje sobre la actividad laboral de las mujeres durante el periodo de guerra. Norma Jeane fue una de las protagonistas y su espíritu seductor fue tal que decidió dejar el trabajo para empezar a trabajar de modelo. Y el éxito fue rotundo: en 1945 apareció en la portada de más de treinta revistas. Y las imágenes también llegaron al escritorio de Ben Lyon, el jefe de reparto de los estudios cinematográficos de la 20th Century Fox, que le puso el nombre de Marilyn Monroe. "Sentí como un escalofrío. Esta chica tenía algo que yo no veía desde las películas del cine mudo”, explicó uno de los cámaras que presenció su primer casting. Así, en 1947 debutó con un pequeño papel en la película Años peligrosos. Y elogiada por su aspecto físico —en unos años en que las mujeres trascendían en las pantallas básicamente por su físico—, aprovechó aquel filón para huir definitivamente de una vida de obrera en la fábrica y consolidarse como modelo y actriz de cine. En 1953 se estrenó Los caballeros las prefieren rubias, basada en un musical de Broadway, que la convertiría en un mito cinematográfico, en una mujer sensual y aparentemente superficial que cautivaba la mirada de los espectadores de cine de los años cincuenta.

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Monroe se instaló en Nueva York para formarse con el actor Lee Strasberg, director de Actor’s Studio, especializado en técnica teatral y seguidor del método teatral del ruso Konstantín Stanislavski. Paralelamente contrajo nupcias con Joe DiMaggio, uno de los atletas norteamericanos más famosos, jugador de béisbol y estrella de los Yankees de Nueva York. No hay que decir que la pareja se situó en el foco mediático del momento, entre los paparazzi y las revistas del corazón. Pero el idilio solo duró ocho meses. Dos años después Monroe volvió a casarse, por tercera y última ocasión, con uno de los escritores más reconocidos de los Estados Unidos: el dramaturgo Arthur Miller. Pero detrás de aquellos rizos rubios y seductores se escondía una mujer muy compleja que se recreó en el éxito para construir un mito que acabaría cosificándola, llevándola a la deriva de la depresión y la enfermedad.

Desórdenes emocionales
Marilyn Monroe mostraba una excesiva preocupación por la apariencia física, sensibilidad a la desaprobación, baja autoestima, inseguridad y una necesidad enfermiza por ser constantemente atendida por los medios, para conseguir admiración y ser el centro de atención y deseo permanentemente. Anhelaba estabilidad y amor, pero a menudo atacaba a quienes más le importaban. El diagnóstico de Ralph Greenson, psiquiatra y psicoanalista que la atendió, fue categórico: “Monroe: personalidad bipolar, paranoide y adictiva”. Su marido Arthur Miller la definió como Jekyll y Mr. Hyde, en referencia a la novela de intriga y misterio escrita por Robert Louis Stevenson sobre el desdoblamiento de la personalidad. Miller fue de las pocas personas que conoció la cara amable que también tenía Monroe: una mujer reflexiva, que disfrutaba escribiendo poemas, con buenas capacidades intelectuales. Aun así, reconoció también el lado oscuro de su personalidad. El matrimonio duró seis años y el divorcio coincide con uno de los periodos más inestables de su carrera. En 1961 fue internada en la clínica psiquiátrica Payne de Nueva York por una crisis depresiva. Estaba delicada de salud física —con problemas de respiración— pero también emocionalmente, con síntomas cada vez más marcados de inseguridad.

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En 1962 se celebró en Nueva York la fiesta de cumpleaños del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy, en la cual Monroe cantó el mítico Happy Birthday Mr. President. El colofón mediático de una carrera en absoluta decadencia por los incumplimientos laborales y ausencias a los rodajes que obligaron a retrasar las producciones. La 20th Century Fox le rescindió el contrato y la despidió del rodaje de Something's God to Give. La noche del 5 de agosto de 1962, cuando tenía treinta y seis años, murió en su habitación, apoyada boca abajo y con el auricular del teléfono en la mano. A su lado, una docena de botellas de medicamentos y sedantes vacías. La versión oficial de la causa de la muerte dice: "Sobredosis de Nembutal”. A pesar de esto, la sombra del asesinato todavía ahora enturbia su fin. Su eterno papel de rubia ingenua eclipsó su reverso más profundo, reflexivo y autoexigente que muy poca gente conocía. Pero su personalidad insegura y solitaria ha dado pie a aquello que popularmente se conoce como Síndrome de Marilyn Monroe, que se aplica a las personas a las cuales todo el mundo aprecia, pero que nadie se preocupa de conocer en profundidad. Perfiles rotos por la soledad, como la misma Norma Jeane.

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