Séraphine Louis: raíces en el cielo

Vivió los mejores y los peores tiempos, la penuria económica y la alabanza de los artistas de su época. Fue criada y señora, pastora y pintora, terrenal y divina.

 

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Escrito por: María Josefina Vega

La historia de Séraphine Louis es la de un doble olvido, la de una lucha firme contra el albur reservado a las almas sencillas, la de las casualidades prodigiosas que la sacaron del demérito para volver a enterrarla en la fosa común de los miles de enfermos mentales que perecieron durante la Segunda Guerra Mundial.


La peregrinación particular de la autora de El árbol de la vida comienza en 1864, en el humilde hogar de los Louis Maillard en Arcy, plena campiña francesa. Sus padres fallecen cuando ella es apenas una niña, por lo que muy pronto se la manda a trabajar de pastorcilla, con la única compañía de la naturaleza. A los 13 años viaja a París contratada como asistenta en una institución femenina y es allí donde, durante las clases de pintura que espía recluida en su mutismo, se le abren los ojos al arte. Tres años más tarde se asentará en el convento de Saint-Joseph-de-Cluny de Senlis, en el que permanecerá dos décadas enteras en su afán de ordenarse monja, un anhelo del que las hermanas intentaran disuadirla. No obstante el desengaño que suponen las reiteradas negativas de la comunidad religiosa a su inclusión, esos decenios le traerán paz externa y conmoción interior, pues la locura empezará a asomar las fauces ocultas tras el manto del fervor místico.


La vida monacal termina resultándole pesada y monótona; Séraphine siente un llamado que debe cumplir y que no es posible llevar a cabo entre esas gruesas paredes románicas. Los ángeles le han encomendado la tarea de ser la florista, el orfebre del Buen Dios que ha de engalanar a la Virgen María, a su Madrecita, a base de ramos surgidos de la más ardiente fantasía. Así, la limpiadora retoma sus labores en las casas de la burguesía y por la noche se entrega a su vocación en auténticos rituales extáticos. El arte es su misión redentora, la expiación que le permite irradiar el mensaje de Dios a los hogares de los patrones, a quienes les vende sus cuadritos a cambio de limosna.

 

 

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Un día, un ciudadano alemán llamado Wilhelm Uhde  se hospeda en una de las viviendas de las que Séraphine se ocupa. Cada mañana los dos personajes se saludan lacónicamente, rutinariamente, ignorando uno la condición del otro: ella no sabe aún que él es un prestigioso impulsor de artistas de vanguardia de la talla de Picasso, Braque, Rousseau y otros “primitivos modernos” que harán temblar los cánones; él no sabe que su asistenta es también una creadora. Es así que, de visita en un hogar de la región, Uhde atisba la presencia de una de las tablas de Séraphine. La profecía de grandeza de los ángeles se cumple, el veraneante queda fascinado con la belleza esas manzanas de estilo naif que resultan más reales y apetecibles que las de los bodegones al uso. Él coloca su reciente adquisición a la vista de la criada, que ríe al percatarse de que aquella es obra suya y decide proveer al coleccionista de las demás que guarda en su cavernario cuarto. A partir de ese instante, traban una relación de mecenas y protegida que se truncará al estallar la Gran Guerra.

 

Sin rival
El conflicto armado marcará un inciso en la trayectoria de Séraphine. La mayoría de las gentes de Senlis abandona la ciudad, se interrumpe el empleo doméstico forzándola a sobrevivir en la miseria. Sin embargo, estas privaciones no le impedirán continuar transmitiendo el contenido de su imaginación mediante el lenguaje pictórico, el último refugio de su desamparo. Y aunque cierta normalidad impuesta vaya impregnando Europa, no será hasta bien entrados los años veinte que le permitan exponer en una sala del ayuntamiento. Son precisamente las críticas ofensivas del periódico local sobre las composiciones de Séraphine las que tuercen de nuevo los renglones de la providencia, ya que Uhde había vuelto a Francia, arruinado y sin los cuadros de su colección privada que el gobierno le había confiscado y subastado al huir del país. Se acuerda de su pupila y acude a Senlis a adquirir los lienzos, retomando una relación que fructificará en la etapa más monumental, prolífica y perturbadora de la artista.

 

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A partir de entonces tendrá lugar un aguzado contraste entre los elogios que le rindan en París y Estados Unidos y el escarnio público al que la reducen sus vecinos de Senlis, que la consideran una bruja, una loca que habla sola y murmura incoherencias. Las manías despuntan a raíz de su actividad frenética y se intensifican debido a la profunda crisis que desata la caída de Wall Street, que rebajan las posibilidades de Uhde, su comprador directo. La falta de dinero suma un escollo al deterioro irreversible de la salud mental de Séraphine, lo cual desemboca en su detención por escándalo y el posterior internamiento en el hospital de la zona.


Es 1934 y los nacionalsocialistas ascienden en su escala de poder ilimitado. Uhde, que había intervenido para que Séraphine estuviera bajo los mejores cuidados en el ala exclusiva del psiquiátrico, anuncia su muerte. Ha mentido, pues su protegida está viva, recluida en el abandono y la angustia propias de la enfermedad, que la postran en delirios otros ocho años, momento en el que fallece a causa del hambre al que se condenaba en las ciudades tomadas a quienes estaban en su situación.

 

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Mientras en el mundo su producción cosechaba aplausos, el cuerpo de Séraphine era arrojado a una sepultura anónima. Su firma se iba apagando lentamente, tal vez volatilizada en el fuego con el que los nazis pretendían extinguir el “arte degenerado”. Y probablemente podría haber desaparecido de no ser porque sus telas, como ella, son tenaces ante la indiferencia, reclaman atención. El paso de las estaciones ha borrado a los que quisieron borrarla, pero sus flores y sus árboles de violentos colores destacan en los salones en los que se la representa tímidamente, se impregnan en las retinas y laten, esperando pacientes a que la rueda gire otra vez devolviéndole a su autora la justicia que se le ha negado.

 

El legado
Anne-Marie, la hermana de Uhde, asumió la tarea de difundir el legado de la artista y entregó en nombre de Wilhelm al Museo Nacional de Arte Moderno francés algunas de las piezas que éste le había heredado. De a poco, Séraphine fue despegando del análisis puramente académico y despertando al gran público gracias a las diferentes aportaciones del mundo de la cultura en 2008, como son los casos de la exposición retrospectiva que le dedicó el Museé Maillol, la redición del libro de Alain Vircondelet, Séraphine (en español por Elba Editorial), y la película homónima de éxito internacional que protagonizó Yolande Moreau, corolario de una serie de homenajes que se inició con la colocación de una placa en el emplazamiento de su improvisado sepulcro.

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