La mochila que cargan los MENA: riesgos en salud mental

mena 1En los últimos años, la creciente llegada de Menores Extranjeros No Acompañados (MENA) ha puesto este colectivo en el punto de mira. Entre 2016 y 2019 llegaron a Catalunya 6.600 menores inmigrantes, según datos de la Dirección General de Atención a la Infancia y Adolescencia (DGAIA). Veamos cómo afecta psicológicamente a estas menores la migración desde sus países de origen.

Escrito por: Meritxell Vilanova

 

Marchar del país de origen supone un cambio en la vida de cualquier persona, ya sea adulta o menor de edad. "La migración supone un factor de riesgo, y este riesgo está ligado a dos conceptos: uno es el estrés y el otro es el luto", explica Joseba Achotegui, psiquiatra y fundador del SAPPIR (Servicio de Atención Psicopatológica y Psicosocial a Inmigrantes Refugiados), de Sant Pere Claver. En los casos más extremos, según Achotegui, se da el síndrome de Ulises, descrita por él mismo: "un cuadro de luto migratorio extremo, no un trastorno de salud mental, que aparece en las personas inmigrantes que viven situaciones muy adversas, como por ejemplo la soledad, la exclusión, el miedo, la indefensión o la imposibilidad de tener acceso a integrarse en la sociedad".

 

La edad, factor de riesgo
Entre los más jóvenes, afirma Achotegui, el síndrome de Ulises es más intensa, y "el riesgo en salud mental para estos jóvenes es más grande. Una persona adulta tiene más capacidades de afrontar el estrés y el luto, pero estas personas todavía están en una edad en la cual necesitan protección y cura". Caterina Pons, responsable de el proyecto de jóvenes de la Fundación Bayt al-Thaqafa, añade que "viven la adolescencia solos, rodeados de iguales, pero estos iguales también tienen las mismas carencias en cuanto a la cobertura de necesidades básicas. Hacen un recorrido muy largo en situaciones muy precarias que hace que, una vez que están aquí, sea muy difícil poder asumir todos los retos que tienen". Achotegui añade que "un joven necesita un apoyo y una protección, puesto que está creciendo, y esto requiere tener unas condiciones, también físicas: si no comes bien en la época en la cual estás creciendo, tendrás problemas físicos. Lo mismo pasa a nivel mental: necesitas unas figuras parentales que te guíen y te protejan".

 

"El riesgo en salu mental para estos jóvenes es más grande", Joseba Achotegui

 

El perfil más habitual es el de un chico, en un 90%, y procedente del Marruecos, en un 80%, según datos de la Dirección General de Atención a la Infancia y Adolescencia (DGAIA). Así lo confirma también Caterina Pons. Explica que los menores de edad que atienden hace entre 0 y 12 meses que están en el territorio, y que son derivados por la DGAIA para participar en las formaciones que ofrecen, tanto en temas sociolingüísticos como prelaborales. En cuanto a los mayores de edad, "el perfil es el de un joven que ha estado en un centro de menores y que cuando ha cumplido los 18 años se ha quedado sin ningún referente y acude por iniciativa propia. Tenemos una gran parte de población que viene aquí directamente y pide ayuda: alrededor de un 70% son personas extuteladas que no tienen las necesidades básicas cubiertas y que vienen por iniciativa propia". De hecho, explica que muchos llegan derivados por la DGAIA, "pero el mismo año cumplen los 18 y quedan en situación de calle". Cuando esto se da, también pierden el único referente que podían tener, puesto que no tienen la familia como referente.

 

En el caso del SAPPIR, cuentan con el centro Dar Chabab, que en árabe significa ‘La Casa de los Jóvenes’. Este centro está abierto durante el día y "recibe en la misma calle muchos de estos chicos que están pasando por situaciones difíciles. Hay algunos que lo pasan muy mal pero van saliendo adelante, y otros que, como que lo pasan tan mal, sí que pueden desarrollar un trastorno de salud mental", explica Achotegui, que añade que la intención es "evitar medicalizar y psiquiatrizar todo lo que tiene que ver con la migración". En los casos en que detectan que es necesaria una intervención más intensa, también se los ofrece apoyo psicológico especializado. Durante el año 2018, en el SAPPIR atendieron 124 personas, de las cuales un 31% eran menores de edad.

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Principales dificultades
Lo que ven a menudo que ocasiona "altibajos emocionales muy fuertes en los jóvenes, aparte de las complicaciones con las que se encuentran en el día a día y el estigma que sufren, es sobre todo el tema de la documentación", explican desde Bayt al-Thaqafa: "pasar a ser personas irregulares les afecta muchísimo, porque esto representa que tampoco pueden volver a su país ni pueden visitar a su familia. Se quedan en un limbo. Aquí no son nadie, pero tampoco tienen oportunidades de poder volver, porque si volvieran al país de origen no podrían volver nunca aquí". Desde la fundación, entre muchos otros aspectos, les ayudan en temas jurídicos, como por ejemplo renovar el permiso de residencia. Durante el 2018 atendieron 150 jóvenes, de entre 15 y 25 años, que en el momento de su llegada al territorio lo hicieron como menores extranjeros no acompañados. El vínculo con Bayt al-Thaqafa, pero, "es de muy larga duración. Estamos acompañando jóvenes que se vincularon al proyecto el 2015 y todavía seguimos con ellos", afirma Caterina Pons.

 

En cuanto al sufrimiento psicológico, Achotegui dice que "acostumbran a ser cuadros tipo síndrome de Ulises: están muy tensos, muy preocupados, porque son menores que están lejos de sus padres y de sus seres queridos y no ven salida a esta situación. También es cierto que en algunos casos hemos visto chicos con problemas más serios de depresión, estrés postraumático, algún brote psicótico, trastornos adictivos..., pero estadísticamente es un porcentaje pequeño".

 

¿Qué hace falta, a nivel de sociedad, para facilitar la integración de estos jóvenes? Para Achotegui, el problema principal es que "el sistema no tiene unas políticas para adaptarse a la realidad. Debería haber una política migratoria que no tan solo fuera de control de fronteras, sino que entendiera las realidades sociales, demográficas y de solidaridad. Esto llevaría a tener un flujo más ordenado, más tranquilo y positivo". Pons opina que "es un trabajo muy complicado, de saber acoger y de dar una acogida de calidad. La calidad de una sociedad de acogida se mide en las oportunidades que da a sus miembros más vulnerables, y actualmente esta situación no se da".

 

"Pasar a ser personas irregulares afecta muchísimo estos jóvenes, porque esto representa que tampoco pueden volver a su país ni pueden visitar a su familia", Caterina Pons

 

El estigma que sufren, una presión añadida
"Los jóvenes viven al margen, porque la sociedad les obliga", afirma la responsable del proyecto de jóvenes de Bayt al-Thaqafa, Caterina Pons. Y es que la percepción de la sociedad hacia los denominados despectivamente MENA, sobre todo en los últimos años, tiende a ser negativa: desde quejas vecinales por la instalación de un centro de menores hasta a amenazas y asaltos contra centros que acogen estos jóvenes. "La sociedad tiene una idea que son jóvenes problemáticos, y no es verdad: la mayoría son jóvenes que vienen aquí a trabajar, a estudiar, y que muchas veces tienen unos ánimos para trabajar y hacer cosas que muchos jóvenes de aquí no tienen", afirma Joseba Achotegui, psiquiatra y fundador de el Servicio de Atención Psicopatológica y Psicosocial a Inmigrantes Refugiados de Sant Pere Claver. De hecho, según datos de Mossos d'Esquadra publicadas el mayo de 2019, un 82% de los menores desamparados no ha entrado nunca en contacto con la delincuencia.

 

Caterina Pons comenta el caso de unos jóvenes que querían ir a una cafetería en grupo y no los dejaron  entrar, una situación que se ha dado varias veces. Esta expulsión "de espacios comunes que para nosotros son súper habituales y que realmente no compartimos con ellos hace que al final ellos acaben relegados a un estrato social muy bajo y que la sociedad les tenga una mirada muy complicada. Esto hace que al final las dinámicas sociales, como ir a determinados lugares donde se puedan sentir cómodos, no se puedan dar, y acaben compartiendo espacios con otros colectivos sociales que la gente rechaza".

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